Relatos: amor de juventud

Suena el celular, es un mensaje. Claudia saca el aparato de su bolsillo y lee el texto que llegó. Sonríe y mira hacia abajo perdiendo su vista entre las baldosas húmedas. El mensaje es de Ernesto. “Te extraño”, dice. Claudia guarda su teléfono. Levanta la vista y sigue sonriendo. Una bruma le empapa la cara y el saco negro que viste. Hace frío. Es un día ideal para verlo, piensa. Suena el celular por segunda vez. “Te quiero ver”, dice ahora Ernesto. Ella teclea con su pulgar empapado: “Pasemos navidad juntos. Vení a casa tipo diez”. La respuesta llega rápido y dice “Ok”. Esto la hace llenar de dudas, un “Ok” no demuestra demasiada emoción. Intenta no pensar en eso. Es solo una respuesta, una simple palabra, ¿qué más podía responder? Quizás no quiera demostrar demasiado su entusiasmo pensando que puede asustarme. Quizás.

A pesar del clima, la peatonal de Santa Fe está repleta de gente. Personas en busca de regalos. Apurados, nerviosos, haciendo largas colas para comprar una baratija solo por cumplir. Claudia se pasea tranquila, quiere comprar algo para Ernesto, algo personal. No se conocen desde hace mucho. Dos meses desde que comenzaron a conversar vía chat y un mes desde que empezaron a verse. Dos semanas desde que se besaron por primera vez. Pero Claudia lo quiere y tiene necesidad de demostrárselo con un presente.

Se para frente a una casa, duda unos segundos, pero luego entra.

- ¿Qué necesita señora?

- Señorita.

- Disculpe, señorita.

- Estoy buscando lencería. Lencería erótica. Algo de color rojo, si es posible.

- ¿Es para su nieta? ¿Qué talle es?

- ¡Es para mí!

Claudia sale con una bolsa de cartón muy mona de la tienda. Recorre algunos locales más, le sobra tiempo. Cuando decide buscar un taxi o remis para volver, le parece ver a Ernesto a la salida de una farmacia. Se esconde. No quiere revelar su sorpresa y cree que encontrarse con él ahora arruinaría un poquito lo programado para la noche. Lo observa detrás de un puesto de diarios. Qué lindo se ve con su sobretodo gris y su boina, piensa. Mira en su mano un paquete con un moño. Un regalo obviamente, ¿será para ella? Se siente feliz pero no sorprendida, él ya le había hecho regalos desde su primer cita. Sí la sorprende que haya comprado el regalo en la farmacia. Un perfume. Seguro es un perfume. Lo sigue unas cuadras más, por las dudas. Es que paso de la alegría de verlo a la sospecha de que quizás se vaya a encontrar con otra mujer, alguna más joven. Una más joven esperándolo en un café. Una cuarentona, ¡o peor! Una treintañera separada, con hijos y tetas apretadas. Pero no. Ve con alivio como Ernesto se dirige a la parada del colectivo 14, el cual va para el barrio donde vive. Lo ve subir. Se tranquiliza, para un taxi y vuelve a casa.

Nueve y media de la noche. Claudia ya barrió, trapeó, lustró, pasó el plumero, echó desodorante de ambientes, prendió inciensos, se aseguró de que haya papel higiénico y de que el baño este impecable. Puso en la mesa donde cenarían un mantel nuevo, platos y copas impecables y servilletas de tela. La habitación fue un trabajo aparte. Dejó velas en las mesitas de luz, cambió las sabanas, echó perfume y quitó las fotos de su difunto esposo, porque la incomodan con su mirada de “¿Qué me estás haciendo, Claudita?”.

Son las diez menos cuarto. Claudia escruta toda la casa para ver si falta algo por hacer. La cena la compró hecha: un arrollado de pollo. No quería que la casa se impregne de olores que no sean perfume, incienso o desodorante. Pero siente que falta algo. Se golpea la frente con la palma de su mano, ¡no se baño! ¡No se cambió! ¡No lleva puesto el regalo para Ernesto! A los apurones hace todo eso. Diez minutos, record total para ella. Record total para cualquier mujer, se dice y sonríe.
A la hora acordada suena el timbre. Claudia mira por la ventana, es Ernesto. Él la ve y la saluda levantando una botella de vino tinto Malbec. Ella abre, el entra, se dan un piquito y él cuelga su boina, húmeda, en el perchero.

- ¿Dónde dejo el tinto, Claudita?

- Dame que yo lo guardo, ¿qué llevas en la otra mano?

- Es un regalo, para después de las doce, ¿dónde tenés el arbolito así lo dejo ahí?

- Uy, no armé el arbolito. Desde que se fueron los chicos que no lo hago.

- No te hagas problema, Clau. Lo dejo arriba de la repisa, ¡pero espera hasta las doce para abrirlo!

Se besan un poco. Claudia se despega suavemente de Ernesto y le pide que se siente en la mesa, se va y luego aparece con el arrollado de pollo. Lo compré hecho, le confiesa. Ernesto destapa el vino y sirve un poco en cada copa. Brindan, sonríen y la cena comienza.

Media hora casi sin hablar, solo comen. Ante cada pregunta de ella él responde secamente, y luego nada. Claudia no quería, pero finalmente prende la tele para tapar los baches de silencio. Pone una película navideña que pasan en un canal de aire. Siente que Ernesto no la pasa bien. Le parece que esta incomodo. Empieza a desear que lleguen las doce así brindan y lo deja ir. Quizás se dio cuenta que ella no es lo que pensaba. Suele pasar. Solo hace falta un poco más de intimidad para caer en la cuenta de que el otro no te gusta como creías. Se siente una estúpida con la ropa interior erótica debajo de su elegante vestido blanco. Se siente una estúpida por haber arreglado hasta el último detalle de su cuarto para hacer el amor con Ernesto.
Se excusa y va al baño. Se mira en el espejo y ve sus arrugas. Su cara no disimula para nada los casi setenta años que lleva encima. Claro, él podría estar con una más jovencita, que no las tenga como dos pasas de uva, piensa. Se levanta las tetas y las ve caer y arrugarse. Se estira la cara frente al espejo. Ni siquiera una cirugía la ayudaría. Los años mellaron. La vida le hizo surcos imborrables en la frente. Su marido a quien siguió hasta su último suspiro y un poquito más. Sus hijos, Agustina, Marcelo y Ariel, sus grandes amores. Esas arrugas son también ellos. No tenía que arrepentirse de su aspecto porque un viejo choto, igual que ella, la rechaza.

Claudia se lava y se seca la cara. Posa la mano en el picaporte de la puerta del baño con la decisión de salir y decirle a Ernesto que no era necesario esperar hasta las doce para que huya, que ella ya había entendido la situación. Al salir del baño y entrar en el living encontró a Ernesto parado junto a la repisa, él la vio y dio un saltito. Quiso disimular pero no pudo. Había guardado el regalo para ella en el bolsillo de su saco.

- Está bien Ernesto, se puede ir con regalo y todo.

- ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pasa que no me tuteas?

- Ya entendí Ernesto, vaya nomás. En serio, no me enojo – dice Claudia mientras unas lágrimas se asomaban por sus ojitos pintados.

- ¡Espera! Hubo un malentendido.

- No, entiendo todo. Se dio cuenta que soy muy vieja, que no soy atractiva, que tengo las tetas caidas y arrugadas, y el culo flaco y como un flan. Que podría estar con alguna cuarentona o una treintañera de tetas apretadas.

- No, Claudia, por favor, dejame que te explique.

Ernesto saca el regalo del bolsillo de su saco y lo tiende con su mano a Claudia, mirándola con ojos de pibe.

- Abrilo, no son las doce, pero abrilo.

Claudia, entre lágrimas, abre prolijamente el paquete. Adentro había una caja de Viagra y una pomada de lubricante. Claudia largó una carcajada mezclada con llanto. Ernesto se sonroja y explica:

- En principio me pareció un buen regalo, algo divertido y romántico, después no pude dejar de pensar en toda la cena que me ibas a echar de tu casa por degenerado y…

Claudia le tapa la boca, lo besa, lo toma del escote en “V” de su sueter y lo arrastra hacía la habitación.

- No terminé el arrollado.

- Lo comemos mañana, así no tengo que cocinar, después lo guardo en la heladera. Entra al cuarto que tengo un regalo para vos también.

Ernesto obedece, entra y se sienta en la cama. Se saca los zapatos, luego las medias (las cuales hace un rollito y mete dentro del calzado) y espera a Claudia. Mientras, se toma una pastilla de la caja y deja la pomadita arriba de la mesa de luz. Las pastillas son masticables, efecto rápido. Unos minutos más tarde se escucha la voz de ella.

- ¡Apagá la luz del cuarto y prende mi velador!

- ¿Cómo?

- ¡La luz del cuarto! Apagala, y prende mi velador.

El cuarto queda casi a oscuras iluminado solo por el foquito de bajo consumo del velador. En el umbral de la puerta se ve la figura de Claudia, está tapada con un toallón mojado. Da unos pasos hacía la cama y deja ver su regalo. Ernesto abre los ojos gigantes y empieza a desabrocharse el pantalón, nervioso, sin dejar de mirarla.

Cuando iba a quitarse los calzoncillos, mira fijamente la entrepierna de Claudia y observa:

- Clau, no te enojés, pero me parece que tenés la bombacha mal puesta.

Claudia se mira. La tanga estaba al revés. La sentía incomoda pero pensaba que eran las contras de verse “erótica”. Sale del cuarto, arregla el asunto y vuelve.

- Ahora sí - dice Ernesto ya desnudo.

Poco duró la ropa erótica puesta. Podría haber durado menos pero Ernesto tuvo un calambre cuando intentó quitarle la bombacha, ahora del lado correcto, con el dedo gordo del pie, en un intento por hacer alarde de sus habilidades de amante.

El asunto no terminó para ninguno de los dos. Se cansaron antes.

- Tengo otra sorpresa – dice Claudia – Cerrá los ojos.

Ernesto los cierra. Claudia se saca la dentadura y se desliza por el cuerpo de él hasta llegar a la zona que importa. Ya Ahí, empieza un trabajo artesanal. Ernesto se sacude como si hubiera metido los dedos en el enchufe. Desde afuera se escuchan los primeros fuegos artificiales, son las doce. Adentro de la casa hay otro tipo de detonaciones.

Terminado el trabajo Claudia va al baño para darse una ducha. Ernesto, boquiabierto, ocupa la cama entera en una postura parecida al hombre de Viterbo. Claudia sale del baño, guarda el arrollado de pollo en la heladera, toma las dos copas y el Malbec de arriba de la mesa y va al cuarto. Brindan. “Feliz Navidad”, se dicen. Minutos más tarde se duermen.

La luz del sol penetra por la persiana abierta del cuarto descubriendo los cuerpos entrelazados, desnudos y arrugados. Claudia despierta, ve a Ernesto a su lado y despliega una sonrisa cerrada y amplia. Este ya estaba despierto desde hace unos minutos, mirandola fijamente y jugando con su pelo, haciéndole rollitos con el dedo índice.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué me mirás? – pregunta Claudia

- Estaba pensando, ¿querés ser mi novia?

Claudia lo besa, se levanta, bajá las persianas del cuarto porque el sol le molesta, se zambulle de nuevo en la cama, y cubre a los dos con la sabana de dos plazas, como simulando una carpita.