Todo queda abierto después de un primer Clásico de los de hace años. Más libre de guiones, con las defensas más frágiles de lo que acostumbran en los últimos tiempos, con un Real Madrid atrevido y un Barcelona que demuestra que también sabe sacar la maza cuando toca pero que no está todavía preparado a nivel físico. El resultado, un 2 a 2 que debe satisfacer a los catalanes y no al Madrid, lo deja todo pendiente para el Camp Nou, donde quizás ya esté Cesc Fábregas, a quien ya ha anunciado Andoni Zubizarreta durante el encuentro.
La primera sensación es la que vale. En este caso, era que el Real Madrid se sentía superior, físicamente y, novedad, también a nivel de juego. La presión adelantada que tanto ha profesado el Barcelona a lo largo de los últimos años ya ha calado también en los jugadores de un Mourinho que, gato viejo, había preparado el encuentro intuyendo que los culés no contarían con Busquets o Piqué, los miembros de la zaga que mejor lanzan el juego azulgrana.
No sólo no estaba ninguno de ellos, sino que también faltaba Xavi en el once, y los únicos que salieron enchufados llevaban la casaca blanca. Con Thiago e Iniesta descolocados, Keita, Mascherano y Abidal eran los encargados de evadir la primera línea de presión merengue, pero lejos de acertar, el balón sólo pasaba el centro del campo azulgrana a pelotazos que recuperaba rápidamente la zaga blanca.
El primer aviso serio lo dio Benzema en el minuto 8. Completamente solo, amansó con la cabeza un balón franco de gol. Sólo el deficiente cabeceo dio tiempo a Valdés para que corrigiera el paso y sacara el esférico con la punta de los dedos.
Pero el desarrollo del encuentro clamaba cuál era el siguiente episodio del primer acto. En el minuto 12, otra pérdida culé llegó a los pies de Benzema. Con la defensa descolocada, el francés mareó a su compatriota Abidal y atrajo a Mascherano para dejar solo a Özil con una gran asistencia. El alemán no falló, y en Chamartín se las prometían tan felices que en los minutos siguientes sonaron los primeros olés de la noche, en pleno desconcierto culé. 1 a 0 en el Bernabéu.
El tiempo no acababa de destensar los nervios azulgranas, en gran parte por culpa de la intensidad del Madrid, y en parte por la ausencia de hombres de oficio como Xavi o Puyol. El desconcierto de Mascherano, Thiago y Alexis tampoco ayudaba. El chileno, eso sí, se mostró voluntarioso desde el principio y dejó clarísimas sus virtudes: presión incansable y brillante capacidad para desbordar en la banda. En el 29', Marcelo quedó sentado en el césped por primera vez, por obra y gracia del chileno.
Dos minutos después una tarjeta fue el primer síntoma de la estabilización del partido. Khedira, reincidente, vio la cartulina amarilla y el Barcelona, sin estar todavía fino del todo, empezaba a controlar el balón. Luego, surgió la suerte del campeón -y la calidad en el golpeo de Villa-. Balón a la escuadra del asturiano, que marca con una gran parábola. Uno a uno, todo empezaba de nuevo.
Las tablas no le sentaron bien al Barcelona, atenazado hasta el final de la primera parte por la presión merengue. Sin embargo, el fútbol vuelve con sus misterios: Messi, que aparentaba arrastrarse sobre el campo, encuentra un balón suelto en la última jugada, lo pelea con los defensores blancos, y demuestra que las apariencias engañan con una explosiva carrera. Minuto 45 y el Barcelona remonta el peor partido que se le recuerda en tiempo.
Segunda parte
Y, ¡zas!, en el segundo acto reaparece el Barcelona. Funambulismos de Thiago, mucho más cómodo con el marcador a favor, y de Alexis Sánchez, que superaba a Marcelo por habilidad y fuerza en todos sus cruces. Hasta el minuto 8 de la segunda parte, el Barcelona volteó a su rival, incluso con un Messi ya participativo. Hasta entonces, sólo había aparecido en los goles.
Todo parecía ir viento en popa para el Barcelona, incluso fuera del verde. Andoni Zubizarreta, algo nervioso, había aparecido en la pausa para oficializar entre sonrisas el fichaje de Cesc Fábregas. El traspaso del año, así, fue uno azulgrana anunciado en la zona noble del Bernabéu.
Pero una jugada de ataque del Madrid acaba en el área culé, donde un pase atrás dejó a Xabi Alonso solo. El tolosarra remata cayéndose y Valdés no alcanza el balón. Nada era lo que parecía en el Bernabéu, que veía como, cada vez que un equipo dominaba el juego, recibía un injusto gol. Dos a dos, y los dos equipos, que ya se empezaban a enterar de que jugaban un Clásico, se pusieron firmes.
Mourinho y Guardiola se movieron a partir del minuto 10 de la segunda mitad. El portugués dio entrada a su compatriota Coentrao y al sacrificado Callejón por Di María y Khedira, amonestado. El rubio fichaje del Madrid debía encargarse de ayudar a la línea defensiva, en especial con la sociedad que formaban Messi y Alexis. A esas alturas, ya habían dejado catatónico a Marcelo.
El cambio surtió efecto, a pesar de que los dos que entraron en el Barcelona eran ni más ni menos que Piqué y Xavi. Se iban Thiago y Adriano, los peor colocados cada vez que el partido exigía tirar de oficio.
Las ocasiones se sucedían en el área barcelonista, y sólo la indolencia en un remate de cabeza de Benzema y el acierto de Valdés en el resto de ocasiones de los blancos, que no fueron pocas, salvaron al Barcelona de volver a ir por detrás en el marcador. El portero sólo falló en una mala salida a por una pelota colgada al área en la que el balón se acabó paseando por el área pequeña.
El partido se enfrió -no en exceso- a partir del 25 de la segunda, y el discurso era de imprecisión culé, respondida por empuje -no menos impreciso, eso sí- de los blancos. El balón, sin embargo, seguía más cerca de la portería defendida por Valdés, ayer capitán azulgrana.
Los culés, más espoleados por las insistentes faltas del rival que por su propio juego, se acercaron algo a la portería de Casillas a partir del 30 de la segunda, cuando un golpe franco de Messi salió algo desviado -lo mismo había ocurrido con una folha seca de Cristiano diez minutos antes.
Las armas azulgranas eran Pedro, que había entrado por Villa; Messi y Alexis, que en su primera aparición de la temporada jugarían los noventa minutos. Como Alves. Los puñales del Madrid eran el portentoso Cristiano, que pidió un penalti inexistente al tropezar con Valdés tras un rechazo del portero azulgrana; Callejón; el estiloso Özil e Higuaín, que había entrado para aportar el brío que ya no tenía Benzema. El francés, más que notable en la primera parte, ya no estaba para presionar. En cualquier caso, ninguno de los que quedaban demostró destreza de matador en el tercio final del encuentro.
Los últimos minutos del encuentro pasaron con el Barcelona rendido físicamente -a excepción de Alexis, que dejó muy buenas sensaciones en todo menos en la definición-. Por suerte para los azulgranas, Xavi e Iniesta ya habían recuperado su patrimonio, el balón, y se dedicaron a administrarlo con paciencia. El Madrid, también algo cansado, tiraba balones rápidos para los puntas, que no acababan de pinchar a una zaga culé ya firme y naturalizada.
Los visitantes todavía tuvieron tiempo de pedir penalti, tampoco este nada claro, cuando Pedro se metió hasta la cocina y cayó derribado por Marcelo una vez el balón ya se escapaba.
Al final, nada fue lo que parecía en el Bernabéu al principio. De hecho, no hubo casi nada nuevo bajo el sol en la recién estrenada temporada: el Madrid cumple por ganas al Barcelona y por contundencia, tanto defensiva como ofensiva. El rascacielos azulgrana tiembla cuando no están sus pilares en el campo y se siente seguro -con y sin balón- cuando Xavi, Iniesta, Piqué y Messi pisan el césped. Acaso algo distinto asomaba en las filas azulgranas: un chileno voluntarioso y habilidoso que pronto calará en el Camp Nou y el ritmo argentinizado -ralentizado- que se ha traído Messi de la Copa América. La suerte culé es que, aún sin ritmo, el astro volvió a mojar en el Bernabéu.
La Supercopa sigue abierta, con el Barcelona más recompensado que el Madrid. Con el equipo catalán, el combinativo, marcando en dos fogonazos. Con el de los cañoneros, el capitalino, marcando a base de combinaciones y buenos pases. Definitivamente, nada fue lo que parecía. El partido engañó hasta en el palco. Cesc, flamante promesa del ya olvidado Calderón en el club blanco, oficializaba su regreso a tierras peninsulares en la zona noble del mismísimo Bernabéu. Ojo, para jugar en el Barcelona. Eso, por si alguien se olvidaba que la rivalidad entre Barcelona y Real Madrid también se ha perpetuado a base de tretas mediáticas y que todos, Joan Gamper y Santiago Bernabéu, el malcarado Mourinho y también el afabilísimo Zubizarreta, juegan a los trileros con la ilus(ionad)a afición cada vez que pueden. Dos a dos, todo abierto y al Camp Nou.

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